martes, 18 de junio de 2013

Revelación



Escribo esta entrada febril, enajenado, porque he tenido una revelación. No hablo de forma figurada para referirme a una de esas conclusiones que llegan tras años de arduo estudio y reflexión, como una máquina oxidada encajando sus engranajes para avanzar sólo unos centímetros entre el chirriar de las juntas y el romperse de las telarañas. Me refiero a una revelación en su sentido más literal, cuando los resortes del pensamiento se disparan ligeros, movidos con precisión por una mano divina. EL ESPÍRITU DE LA MÁQUINA.
Todo ha venido catalizado por esta noticia. Años de estériles discusiones entre iusnaturalistas y iuspositivistas se disipan, volátiles, como el humo de una hoguera que no nos dejaba ver LA VERDAD. Ahí se halla la fuente de todo derecho, ni en la libertad y su consiguiente responsabilidad, ni en la naturaleza divina del ser humano, ni en la evolución de los sistemas de organización social, ni en todas esas chorradas. EN PAJEARSE.
Matar a algo que se masturba tiene que ser delito, sí o sí... y así debe de venir reflejado en las Sagradas Escrituras... en algún versículo. He de revisarlo.

Rápido, traedme la declaración de independencia de los Estados Unidos de América y un tippex.

"Sostenemos como evidentes las siguientes verdades: que todos los que se masturban fueron creados iguales, que fueron dotados por su Creador con derechos inalienables, que son: la Vida, la Libertad y la persecución de la Felicidad..."

lunes, 11 de marzo de 2013

Una mierda de vida.




Carezco de raíces que olvidar. Estoy descubriendo el folclore de la que resulta que es mi cultura, sin yo haberlo sabido hasta ahora, con 22 años. Me siento más cercano a la animación japonesa que al refranero popular o a la picaresca española.

No tengo ningún origen que despreciar si en un futuro me salpican la fama o la riqueza. Si llego a hacer algo de mínimo provecho para la humanidad, nadie podrá decir que salí de parte alguna. Ni barrio humilde, ni familia desestructurada, ni acoso escolar. Mi mayor mérito habrá consistido en mantenerme en estado de bipedestación casi todo el tiempo en horario laborable, no haberme dejado llevar en exceso por el alcohol o las drogas cuando las tuve a mi alcance. Sinceramente, creo que habrá sido fácil, sólo tendré que no cagarla estrepitosamente para evitar caer de la posición de partida en la que me colocó el esfuerzo de mis padres. Es un auténtico drama.

Mi familia se quiere, vivimos en un chalé adosado con jardín y perro. Dos coches. Dos televisiones de plasma. Suficiente intimidad para masturbarme y banda ancha de Internet. Ni siquiera tengo que compartir la habitación con mi hermano.

Fui a clases de inglés desde que tenía 7 años y siempre he podido dedicarme a estudiar con la tranquilidad de saber que si suspendía, mis padres podrían permitirse pagar más cara la matrícula al año siguiente. Aunque tampoco ha hecho mucha falta. La sombra del esforzado éxito de mis progenitores siempre me ha cobijado, yo sólo he tenido que estirarme de vez en cuando para coger las manzanas que caían de sus ramas, de puro superávit.

La peor etapa de mi vida fue cuando no me llegó la nota para entrar en Medicina y tuve que quedarme en Farmacia. Y hasta eso ha acabado procurándome satisfacción.

No tengo pasado al que culpar si fracaso, absolutamente todos los problemas que tenga en la vida serán culpa mía, consecuencias de mis decisiones. Cada vez que alguien requiera alguna explicación por mi parte, sólo hallará la socorrida “cara de imbécil” que tanto ha mentado mi madre en mi proceso de crianza. No tengo excusas. Lo digo ahora, para que lo rescaten, a su debido tiempo, los futuros damnificados por mis actos: “SÍ, SEÑORES, LO HICE PORQUE ME SALIÓ DE LOS COJONES.”

Pero tampoco seré nunca dueño de mis éxitos. Mi relajada existencia es justa, porque mis padres han luchado para que sus hijos viviésemos mejor que de lo que ellos lo han hecho. Todo el mundo tiene derecho a procurar que sus hijos vivan mejor que él. Pero este hecho justo, desemboca en la injusticia de que lo disfrute yo, sólo porque las mitades de mi genoma tuviesen a bien estar precisamente en las células haploides que fueron a fusionarse en el momento de mi concepción. Toda una casualidad, ya ven. El caso es que no puedo huir de esta paradoja de Schrödinger, cuya ecuación colapsará en el mismo momento en el que el último chorro de cemento cubra completamente mi ataúd, el primer ser cercano que llegue a casa se convenza de que mi ausencia es definitiva y se le pase por la cabeza “era un buen hombre” o “menudo hijo de la gran puta”. Sólo entonces se despejará si mi estado resulta justo o injusto.

Pero tampoco puedo decir que todo esto me llene de angustia. Soy un tipo bastante feliz.

Con estos precedentes podía tomar pocos caminos.
Ser un burgués arrepentido, enarbolar la bandera de la social-democracia, hablar de los obreros, de revolución, gastar todo el dinero que mis padres invierten en mi carrera para irme con Farmacéuticos Sin Fronteras a dispensar penicilina caducada a peña que morirá de hambre, o de un tiro en la nuca…

Pero no sé en que momento decidí ser como esos jugadores de futbol que, al terminar el partido, reconocen que ese penalti que marcaron no debió ser, que realmente se tropezaron solos, pero que cuando el árbitro lo pitó tampoco se esforzaron demasiado en hacérselo ver.

No sé en qué momento decidí que lo mejor era sentarme a observar todo lo posible.

El caso es que tampoco me siento tan mal.