lunes, 22 de octubre de 2012

El mostrador.



Él, que tras el accidente había estado allí miles de veces en sueños, volvió a entrar tras armarse de valor con dos vasos de whisky. Él, que había estado contra la pared de la tristeza esperando la deseada salva, la que le quita las penas al fusilado, inútilmente.
Fue hace unos tres años, una desgracia en el pequeño lobo temporal, que irónicamente resultó irreversible; o algo así dijeron los médicos. Era una de esas cosas que te joden los mecanismos internos, la cabeza, ésta en particular le aisló en su propio mundo de ideas siendo capaz de emitir todas ellas con la precisión de un cirujano del lenguaje, pero sin poder comprender ni una sola de las que le venían de fuera. El accidente había convertido su mollera en una China comunista que sólo permitía la exportación, desdeñando lo que provenía del exterior de sus fronteras. Pero el crecimiento es una ley ineludible y ante la imposibilidad de extender la superficie de sus límites cerebrales, sus pensamientos empezaron a cobrar la altura y consistencia de una masa repleta de levadura en un horno pirolítico FRAMTID OV5 (es el que tengo yo en mi casa y funciona francamente bien).

Él, reitero, que gustaba de apretar sus manos haciendo vacío entre ellas sólo por ver cómo le costaba despegar la una de la otra –se divertía pensando que el mismo fenómeno físico permitía a los cráneos de los demás mantener cierta consistencia estructural y no desmontarse como un sencillo puzzle de seis piezas- se decidió a entrar cuan largo era, preso de una terrible urgencia. Tenía los ojos muy dentro de sus cuencas y cualquiera que lo hubiese visto, podría afirmar que al dirigir sus ojos hacia arriba para ponerlos en blanco (cosa que hacía a menudo), podía ver directamente las abstracciones que tenía dentro de su bulbosa cabeza. Preguntó con decisión a la joven que se hallaba detrás del mostrador, aún sabiendo que, de la respuesta, ni una sola palabra se colaría por casualidad en su entendimiento:
- Disculpe, señorita, podría usted indicarme dónde se encuentra el baño. Realmente tengo unas ganas inaguantables de orinar.
- Difícilmente podría, caballero –contestó ella, educadamente-. Pues gané hace muchos años un concurso de perder media lengua y desde entonces no la encuentro. Ahora, mis palabras son para los demás un código incomprensible de balbuceos, así que digo siempre lo que me place, prescindiendo de la incomodidad de dar explicaciones. Hijo de puta.

La intermitente forma de pronunciar esos vocablos hizo que fueran captados con total claridad por su cerebro, por primera vez desde hace tres años, como si de una pantalla que lanzase destellos con cierta frecuencia se tratara y sólo se pudiese visualizar una imagen al pestañear con el mismo ritmo.

- No se preocupe, señorita, que por culpa de mi lesión cerebral he de celebrar entenderla perfectamente. ¡Qué maravilloso ardid del destino nos lleva a encontrarnos! Casémonos y traigamos al mundo a deslenguados niños que digan verdades y a los mermados que puedan escucharlas. Seamos Adán y Eva. Hija de puta usted.

Él, que tanto había sufrido para llegar a un momento que nunca llegó, finalmente se meó encima.
Y aún así, vivieron felices para siempre.

Moraleja: Al final, el amor es lo que importa.

jueves, 18 de octubre de 2012

El Ritual


Esta mañana fui al Departamento de Asuntos Económicos de la facultad, que en el pasado debió llamarse sencillamente "Caja" a juzgar por el roñoso cartel que aún colgaba en la puerta, para entregar nosequé facturas del grupo de teatro. La decoración de la sala la constituía un amalgama de objetos religiosos, kitsch y otros que, simplemente, hacían que te preguntases cómo demonios habrían podido llegar hasta allí. De esta forma convivían en las estanterías y escritorios: crucifijos, cuadros de santos y carteles de "el Papa Juan Pablo viene a verte" con peluches de rastafaris, cristales energéticos de los que se usan en mineraloterapia, figuritas de caniches decapitados e incluso una paellera. Lejos de mitigarlo, la presencia de esa miscelánea pagana no hacía más que potenciar el efecto sacro de las imágenes, añadiendo además un punto grotesco y una especie de atemporalidad.
La silla soltaba con cada movimiento mío una nube de polvo que se disolvía en el ambiente, ya de por sí cargado. "A ver si...". La señora sacaba las facturas de mi carpeta y lentamente las iba poniendo en un montón, pegando con celo aquellas que no tenían unas dimensiones de DIN-A4 a un folio en blanco. Una vez apiladas, comenzó a sumar los importes en una de esas antiguas calculadoras que van imprimiendo a medida que tú tecleas. Afectado quizá por el ambiente, nunca habría descrito su forma de trabajar como mecánica, había algo más detrás de aquel movimiento automatizado por la costumbre, era una actitud contemplativa, espiritual. La señora había ritualizado completamente su manera de trabajar. La solemnidad de sus movimientos, el olor a madera vieja, el rítmico sonido del papel imprimiéndose, todo me hacía sentir que estaba siendo testigo de una genuína forma de expresión religiosa.
La mujer se equivocó al sumar una cifra, pero en lugar de corregir su error y continuar por donde iba, lo borró todo con la expresión resignada del que tiene que tragar con los caprichos de un dios al que es fiel. Devolvió a la pila su orden original y empezó otra vez desde cero, la ceremonia lo requería.
Pronunció una cifra que no recuerdo, metió las facturas en un sobre y lo cerró. "Esto ahora yo se lo doy al Decano y a ver si..."

martes, 16 de octubre de 2012

Esto no es un blog abortista.


Esto no es un blog abortista, aunque la idea del aborto siempre llamó mi atención. Hay algo de ilusiones rotas en un feto abortado, algo de frustrado, algo de idea dejada medias que no ha terminado de ser. Hay abortos de 34 años, tíos que andan a dos patas y que son abortos, incluso a mí mismo la muerte me convertirá en bebé aborto, truncando mi desarrollo, y si no habéis nacido ya abortados, a vosotros también. Pero me estoy desviando. ¿Dónde acaba el resultado de un aborto? Pero no de uno de esos tan modernos de ahora, tan asépticos, burocratizados, limpios y en la camilla de un hospital; no, no, yo me refiero a uno de esos de toda la vida, de los de patada en la tripa, sin anestesia y clandestinos. Eso acaba en el vertedero, en la basura.

En la basura está la salvación. ¿Hay algo más inspirador que un vertedero? Los románticos eran unos gilipollas que se inspiraban en los cementerios cuando un cementerio no es más que un vertedero de hombres, un vertedero disfrazado, cuyas estructuras de cemento alzamos para separar nuestros restos orgánicos de los demás, para darnos una falsa importancia. Un cementerio es un cubo de basura con esmoquin. Yo meo en las tapias de los cementerios y paso solemne ante las puertas enrejadas de los vertederos, murmurando una oración. La basura es libre porque carece de dignidad y de valor, nunca lleva corbata, no está atrapada bajo los preceptos dictatoriales de lo bello, es lo más honesto del mundo.

Esto es este blog, el cubo de la basura que será el destino de todos mis abortos. Un blog de cosas sin salida. Porque la basura es la salvación, pero no nos lleva a ninguna parte. No busques respuestas en la basura porque la basura es el objetivo último, es la gran respuesta.
Aquí sólo hay mierda.

“In trash we trust”