Él, que tras el accidente había estado allí miles de veces
en sueños, volvió a entrar tras armarse de valor con dos vasos de whisky. Él,
que había estado contra la pared de la tristeza esperando la deseada salva, la
que le quita las penas al fusilado, inútilmente.
Fue hace unos tres años, una desgracia en el pequeño lobo
temporal, que irónicamente resultó irreversible; o algo así dijeron los médicos.
Era una de esas cosas que te joden los mecanismos internos, la cabeza, ésta en
particular le aisló en su propio mundo de ideas siendo capaz de emitir todas
ellas con la precisión de un cirujano del lenguaje, pero sin poder comprender
ni una sola de las que le venían de fuera. El accidente había convertido su
mollera en una China comunista que sólo permitía la exportación, desdeñando lo
que provenía del exterior de sus fronteras. Pero el crecimiento es una ley
ineludible y ante la imposibilidad de extender la superficie de sus límites
cerebrales, sus pensamientos empezaron a cobrar la altura y consistencia de una
masa repleta de levadura en un horno pirolítico FRAMTID OV5 (es el que tengo yo en mi casa y funciona francamente bien).
Él, reitero, que gustaba de apretar sus manos haciendo vacío
entre ellas sólo por ver cómo le costaba despegar la una de la otra –se divertía
pensando que el mismo fenómeno físico permitía a los cráneos de los demás
mantener cierta consistencia estructural y no desmontarse como un sencillo
puzzle de seis piezas- se decidió a entrar cuan largo era, preso de una
terrible urgencia. Tenía los ojos muy dentro de sus cuencas y cualquiera que lo hubiese visto, podría afirmar que al dirigir sus ojos hacia arriba para ponerlos en
blanco (cosa que hacía a menudo), podía ver directamente las abstracciones que
tenía dentro de su bulbosa cabeza. Preguntó con decisión a la joven que se
hallaba detrás del mostrador, aún sabiendo que, de la respuesta, ni una sola
palabra se colaría por casualidad en su entendimiento:
- Disculpe, señorita, podría usted
indicarme dónde se encuentra el baño. Realmente tengo unas ganas inaguantables
de orinar.
- Difícilmente podría, caballero
–contestó ella, educadamente-. Pues gané hace muchos años un concurso de perder
media lengua y desde entonces no la encuentro. Ahora, mis palabras son para los
demás un código incomprensible de balbuceos, así que digo siempre lo que me
place, prescindiendo de la incomodidad de dar explicaciones. Hijo de puta.
La intermitente forma de
pronunciar esos vocablos hizo que fueran captados con total claridad por su
cerebro, por primera vez desde hace tres años, como si de una pantalla que
lanzase destellos con cierta frecuencia se tratara y sólo se pudiese visualizar
una imagen al pestañear con el mismo ritmo.
- No se preocupe, señorita, que
por culpa de mi lesión cerebral he de celebrar entenderla perfectamente. ¡Qué
maravilloso ardid del destino nos lleva a encontrarnos! Casémonos y traigamos
al mundo a deslenguados niños que digan verdades y a los mermados que puedan
escucharlas. Seamos Adán y Eva. Hija de puta usted.
Él, que tanto había sufrido para llegar a un momento que
nunca llegó, finalmente se meó encima.
Y aún así, vivieron felices para siempre.
Moraleja: Al final, el amor es lo que importa.

