Carezco de raíces que olvidar. Estoy descubriendo el
folclore de la que resulta que es mi cultura, sin yo haberlo sabido hasta
ahora, con 22 años. Me siento más cercano a la animación japonesa que al
refranero popular o a la picaresca española.
No tengo ningún origen que despreciar si en un futuro me
salpican la fama o la riqueza. Si llego a hacer algo de mínimo provecho para la
humanidad, nadie podrá decir que salí de parte alguna. Ni barrio humilde, ni
familia desestructurada, ni acoso escolar. Mi mayor mérito habrá consistido en
mantenerme en estado de bipedestación casi todo el tiempo en horario laborable,
no haberme dejado llevar en exceso por el alcohol o las drogas cuando las tuve
a mi alcance. Sinceramente, creo que habrá sido fácil, sólo tendré que no
cagarla estrepitosamente para evitar caer de la posición de partida en la que
me colocó el esfuerzo de mis padres. Es un auténtico drama.
Mi familia se quiere, vivimos en un chalé adosado con jardín
y perro. Dos coches. Dos televisiones de plasma. Suficiente intimidad para
masturbarme y banda ancha de Internet. Ni siquiera tengo que compartir la
habitación con mi hermano.
Fui a clases de inglés desde que tenía 7 años y siempre he
podido dedicarme a estudiar con la tranquilidad de saber que si suspendía, mis
padres podrían permitirse pagar más cara la matrícula al año siguiente. Aunque
tampoco ha hecho mucha falta. La sombra del esforzado éxito de mis progenitores
siempre me ha cobijado, yo sólo he tenido que estirarme de vez en cuando para
coger las manzanas que caían de sus ramas, de puro superávit.
La peor etapa de mi vida fue cuando no me llegó la nota para
entrar en Medicina y tuve que quedarme en Farmacia. Y hasta eso ha acabado
procurándome satisfacción.
No tengo pasado al que culpar si fracaso, absolutamente
todos los problemas que tenga en la vida serán culpa mía, consecuencias de mis
decisiones. Cada vez que alguien requiera alguna explicación por mi parte, sólo
hallará la socorrida “cara de imbécil” que tanto ha mentado mi madre en mi
proceso de crianza. No tengo excusas. Lo digo ahora, para que lo rescaten, a su
debido tiempo, los futuros damnificados por mis actos: “SÍ, SEÑORES, LO HICE
PORQUE ME SALIÓ DE LOS COJONES.”
Pero tampoco seré nunca dueño de mis éxitos. Mi relajada
existencia es justa, porque mis padres han luchado para que sus hijos viviésemos
mejor que de lo que ellos lo han hecho. Todo el mundo tiene derecho a procurar
que sus hijos vivan mejor que él. Pero este hecho justo, desemboca en la injusticia
de que lo disfrute yo, sólo porque las mitades de mi genoma tuviesen a bien
estar precisamente en las células haploides que fueron a fusionarse en el
momento de mi concepción. Toda una casualidad, ya ven. El caso es que no puedo
huir de esta paradoja de Schrödinger, cuya ecuación colapsará en el mismo momento
en el que el último chorro de cemento cubra completamente mi ataúd, el primer
ser cercano que llegue a casa se convenza de que mi ausencia es definitiva y se
le pase por la cabeza “era un buen hombre” o “menudo hijo de la gran puta”.
Sólo entonces se despejará si mi estado resulta justo o injusto.
Pero tampoco puedo decir que todo esto me llene de angustia.
Soy un tipo bastante feliz.
Con estos precedentes podía tomar pocos caminos.
Ser un burgués arrepentido, enarbolar la bandera de la
social-democracia, hablar de los obreros, de revolución, gastar todo el dinero
que mis padres invierten en mi carrera para irme con Farmacéuticos Sin
Fronteras a dispensar penicilina caducada a peña que morirá de hambre, o de un
tiro en la nuca…
Pero no sé en que momento decidí ser como esos jugadores de
futbol que, al terminar el partido, reconocen que ese penalti que marcaron no debió
ser, que realmente se tropezaron solos, pero que cuando el árbitro lo pitó
tampoco se esforzaron demasiado en hacérselo ver.
No sé en qué momento decidí que lo mejor era sentarme a
observar todo lo posible.
El caso es que tampoco me siento tan mal.